Energía: el problema no es la transición, es el sistema

May 13, 2026 at 6:36 AM
Joan Ramon Morante y Héctor Santcovsky
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Mientras el debate se centra en la electricidad, el núcleo del sistema sigue dependiendo de combustibles líquidos.

<p><img alt="" src="https://cdn.elperiodicodelaenergia.com/2026/05/6a0417c8e2b9460ff929183a.jpg" /></p><p>En el debate energético seguimos atrapados en una simplificación que ya no explica nada: renovables frente a fósiles, nuclear sí o no, transición rápida o lenta. Pero la realidad es más incómoda. No estamos ante un cambio de fuentes energéticas, sino ante la reconfiguración con redefiniciones incluidas de un sistema físico, industrial y territorial construido durante más de un siglo en el que se basa actualmente nuestra sociedad.</p>
<p>La invasión de Ucrania mostró hasta qué punto la infraestructura energética es un objetivo militar directo: centrales, redes y subestaciones son atacadas sistemáticamente. La energía dejó de ser un elemento de mercado para volver a ser, crudamente, un objetivo en el campo de batalla.</p>
<p>La escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel añade una capa aún más inquietante. <strong>El riesgo de interrupción en el estrecho de Ormuz</strong> —amén del problema de la destrucción de las infraestructuras iraníes y de otros países del Golfo, se da la situación que es por donde transita en torno al 20% del petróleo mundial y una parte relevante del GNL— <strong>reintroduce el shock energético como vector macroeconómico y arma de guerra</strong>.</p>
<p>En pocos días, petróleo y gas han vuelto a operar como potentes armas, tensionando precios, reactivando inflación y obligando a movilizar reservas estratégicas y amenazando todo el futuro económico mundial. No es una anomalía: es la confirmación de la fragilidad estructural del modelo energético vigente dominado por la geopolítica.</p>
<p>Ahí aparece la verdadera vulnerabilidad europea: una dependencia estructural de la energía importada que no es solo económica, sino geopolítica. Cada crisis transfiere renta fuera de Europa, tensiona las finanzas públicas y obliga a respuestas de emergencia.</p>
<p>La primera confusión es de base: se habla de electricidad cuando el problema es la energía. Hoy, cerca del 75-80% del consumo energético mundial sigue siendo fósil, mientras que la electricidad apenas representa alrededor del 20–25% del consumo final. <strong>La transición no es descarbonizar la generación eléctrica, sino transformar el metabolismo energético completo.</strong></p>
<blockquote><p>Relacionado:</p><p><a href="https://elperiodicodelaenergia.com/el-apagon-de-la-red-electrica-hace-un-ano-y-la-transicion-energetica/">El apagón de la red eléctrica hace un año y la transición energética</a></p></blockquote><h3><strong>Dónde está realmente el consumo: diferentes transiciones</strong></h3>
<p>En la Unión Europea, el transporte concentra alrededor del 32% del consumo energético. En España, casi el 40%, y más del 90% sigue basado en derivados del petróleo. El transporte por carretera representa cerca del 87% del consumo del sector, y a escala global el petróleo cubre aún más del 90% de la demanda del transporte. Este es el punto ciego: <strong>mientras el debate se centra en la electricidad, el núcleo del sistema sigue dependiendo de combustibles líquidos</strong>.</p>
<p>El sistema energético no es homogéneo. En transporte, la electrificación avanza desde una base baja. Incluso en Europa, el vehículo eléctrico terrestre sigue siendo minoritario, aviación o marítimo carecen de soluciones escalables y el tren sigue estancado. <strong>En 2030, más del 70% del transporte mundial seguirá dependiendo de combustibles líquidos</strong> con una falta total de una cadena de oferta alternativa completa -vehículos, infraestructuras, costes, recuperación residuos y capacidad eléctrica-.</p>
<p>En industria, el reto es estructural: acero, cemento o química requieren calor de alta intensidad y materias primas fósiles. La industria pesada representa cerca del 20% de las emisiones globales, gran parte difícilmente lectrificable y con procesos de descarbonización con altas penalizaciones energéticas</p>
<p>En residencial, la electrificación es viable pero lenta a pesar de los esfuerzos en el desarrollo del autoconsumo. La rehabilitación profunda apenas alcanza el 1% anual en Europa, muy lejos del 2,5–3% necesario.</p>
<h3><strong>La electricidad: avance real, impacto limitado</strong></h3>
<p>En la Unión Europea, renovables y nuclear aportan cerca del 70% de la electricidad. Pero este dato es engañoso: <strong>la electrificación solo cubre alrededor del 23% del consumo final</strong>. Para cumplir objetivos climáticos, debería casi triplicarse.</p>
<p>Electrificar implica expandir masivamente el sistema eléctrico. La demanda deberá multiplicarse en las próximas décadas. Esto exige desplegar cientos de gigavatios de renovables, reforzar redes, escalar almacenamiento y adaptar la gestión de la red para asegurar su estabilidad y flexibilidad y así evitar situaciones como las aprendidas del apagón del pasado 28 de abril.</p>
<p>La Agencia Internacional de la Energía sitúa la inversión necesaria en energía limpia en más de 4 billones de dólares anuales esta década. El cuello de botella no es tecnológico: es físico, financiero y temporal.</p>
<p>El debate nuclear sigue sobredimensionado. Puede aportar estabilidad y reducir dependencia del, fósil. Su papel es de apoyo, no estructural.</p>
<h3><strong>Un sistema híbrido y más complejo</strong></h3>
<p>El sistema futuro no será monocorde, sino híbrido: electricidad renovable como eje central, como ejes auxiliares solventando costes el hidrógeno y la biomasa en la industria, electrificación en movilidad ligera, hidrógeno y/o combustibles sintéticos en sectores difíciles incluido el transporte pesado, y almacenamiento y redes digitalizadas para su gestión avanzadas como infraestructuras críticas.</p>
<p><strong>Un sistema más distribuido, mucho más intensivo en capital y más complejo de gestionar</strong>. El problema no es la ausencia de soluciones. Es que el sistema actual está diseñado para combustibles fósiles: centralizado, estable y basado en energía almacenable. El sistema renovable es variable, distribuido y dependiente de infraestructuras aún insuficientes.</p>
<p>Las redes eléctricas europeas no están preparadas para el nivel de electrificación necesario. El almacenamiento sigue siendo muy limitado. Y la inversión aún no alcanza la escala requerida. Y la sociedad debe afrontar sus decisiones más allá de las posiciones “nimby” (no in my back yard) o “span” (sí, pero aquí no) o planteamientos “amish “, caracterizados por sus renuncias al uso de tecnologías modernas como el automóvil o los equipos eléctricos o a la presencia de redes o de instalaciones renovables. Las decisiones locales o particulares deben combinarse con las decisiones de interés global prioritario, aunque ello exija cambios profundos en las leyes aplicadas a la política territorial.</p>
<h3><strong>Conclusión</strong></h3>
<p>Las guerras recientes no solo han tensionado precios: han expuesto el sistema. Pero hay un elemento nuevo. Mientras el sistema fósil muestra sus grietas, se reafirma una sociedad electrificada, basada en la economía digital y emergiendo nuevos grandes consumidores eléctricos. La industria 4.0, el transporte, los centros de datos y la inteligencia artificial introducen una demanda eléctrica adicional, continua y creciente, que compite directamente con la electrificación del resto de la economía.</p>
<p>Los CPD, centros de procesamiento de datos, se están convirtiendo en nodos críticos equivalentes a las redes eléctricas del siglo XX, pero con una diferencia: su consumo es intensivo, concentrado y en rápida expansión. La lógica de la IA —entrenamiento, inferencia, almacenamiento— está elevando la demanda hasta tensionar sistemas completos.</p>
<p>El resultado es un sistema sometido a doble presión:</p>
<ul>
<li>descarbonización acelerada</li>
<li>crecimiento explosivo de la demanda eléctrica</li>
</ul>
<p>Todo ello en un entorno político cada vez más inestable para el que las normas y tradiciones generadas durante el siglo XX , basada mayoritariamente en fuentes fósiles, ya no sirven para el siglo XXI con una demanda de fuentes energéticas sostenibles</p>
<p>La conclusión es incómoda. <strong>No estamos transitando ordenadamente hacia un nuevo modelo</strong>. Estamos en una fricción entre sistemas: el fósil que no desaparece y se resiste, el renovable que no da todavía el salto de escala, el digital que multiplica la demanda y la demanda de sostenibilidad que exige descarbonización.</p>
<p>Como advertía Vaclav Smil, <strong>las transiciones energéticas son procesos largos y conflictivos</strong>. Y como anticipó Karl Polanyi, cuando los sistemas se tensionan más allá de su capacidad de ajuste, la respuesta no es lineal.</p>
<p>La pregunta ya no es si la transición es viable técnicamente. Es si puede desplegarse lo suficientemente rápida —y en un entorno suficientemente estable— para sostener simultáneamente seguridad energética, competitividad industrial y economía digital.</p>
<p>Porque si no, el riesgo ya no es solo climático. Es del sistema. Y entonces la transición deja de ser un problema técnico y pasa a ser, esencialmente, un problema político.</p>
<p><em><strong>Joan Ramon Morante es Catedrático de Física en la Universidad de Barcelona y exdirector del IREC (Instituto de Investigación en Energía de Cataluña).<br />
Héctor Santcovsky, sociólogo y politólogo, exprofesor asociado de la Universidad de Barcelona, especializado en desarrollo sostenible.</strong></em></p>

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